¡EL ALZHEIMER MÉDICO! por Diego Grajales MD.

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El Alzheimer Médico. (por Diego Grajales)

En estos momentos de mi vida profesional, cuando las ganas ya no son las
mismas y las decepciones comienzan a hacer mella no puedo dejar de
preocuparme en los pocos momentos de lucidez que aún me quedan.
Recuerdo hace no más de un par de décadas mis años de entusiasta
universitario. Como todos, queriendo cambiar el mundo con pensamientos
utópicos. Soñador, filántropo y bohemio. Cuestionando todo cuanto veía,
ilusionado por las maravillas de la biología humana. Queriendo ser como aquellos
a quienes admiraba, tratando de ignorar aquello que ennegrecía la digna profesión
del médico.

Tuve una formación similar a la de muchos. Siempre me jacté de mi
orígenes humildes, en mi familia jamás hubo más que lo necesario para sobrevivir
y un inmenso calor de hogar potenciado en el lecho de una gran mujer a la que
hoy orgullosamente sigo llamando madre. Mi Padre también sigue estando ahí
apoyando en todo cuanto puede, aunque no comprenda muchas cosas. Ellos en
su esencia sencilla siempre han sido la garantía propia para creer que nunca iba a
ser presa en lo que siempre había cuestionado.
Prosiguieron los años y conforme me llenaba de lo que creía conocimientos,
sin darme cuenta; perdía otras cosas. Perdía sin saberlo la capacidad de asombro,
la sensibilidad, la humanidad, la vocación…todo ese conjunto de valores que nos
hace humanos, tan humanos como los que pretendemos salvar. Fueron miles de
horas a la sombra de muchos “colegas” que años atrás ya los habían perdido. Sin
darme cuenta era cada vez, más médico.

Quizás ustedes que hoy leen estas líneas, pensarán para sí mismos y
contestarán con impulsivo fulgor que: ¡Eso no es así!, pero antes que su vanidad

profesional los enceguezca, tómense por un momento la oportunidad de comparar
“ese” que hoy son con el que fueron años atrás.
En el momento en el cual decidimos entregarnos al arte de luchar por la
vida, empezamos antes que todo olvidando quizás que lo más importante no es
estar vivo, sino lo que hacemos con esa energía vital; “don divino” para algunos.
La medicina no existe para prolongar la vida, sino para mejorar la calidad de la
misma. Es la enfermedad del individuo la que nos permite valorar el “estar sano”.
Es la morbilidad en sí misma las que nos da nuestra razón de ser por muy
mezquino que parezca. ¿Existirían mecánicos si los autos no se
descompusieran?. No es labor del médico luchar contra la muerte, esa batalla
estaría perdida antes de iniciar. Morir es parte de la vida. Si no, ¿Cómo la
valoraríamos cuando se hace extinta?, ¿Alguna vez lo habían pensado?, alguno
de ustedes no pasó por su memoria la frase ¿Quiero salvar a cuantos pueda?.
La frase “quiero ser médico” debería indudablemente ser cambiada por
“quiero ayudar, a través del ejercicio de la medicina”, visto así es menos egoísta el
enunciado. Porque no es el médico el que salva, cuando recibimos el título no
recibimos un poder mágico curador y dador de vida; recibimos la certificación de
poseer las habilidades para ejercer formalmente el “arte de prevenir y curar
enfermedades”. Se es médico desde siempre, se puede ayudar aún sin título.
Aliviar el sufrimiento debería ser un componente esencial de la “humanidad” de
cada individuo que ose llamarse “persona”. ¡Que no se nos olvide nunca!. La
vanidad por “ser médico” jamás puede solapar nuestra razón de ser, somos meros
instrumentos de alivio y consuelo del dolor humano asociado a su padecimiento de
salud. El artista no vale por sí mismo, sino por la trascendencia de sus obras. Y la
medicina es a la par de ciencia, arte.
Si continuamos escudriñando lo que fuimos, es lógico remontarnos a
nuestros momentos de pre grado. Aprovechemos está sana comparación de
nuestros “yo” para preguntarnos por nuestra forma de actuar cuando aún no

éramos “médicos”. En mis momentos de cordura (cada vez más efímeros) lo
recuerdo con nostalgia. Entrar o salir del hospital era una labor titánica, no podía
dejar de detenerme ante cualquier clamor de ayuda; aunque solo fuera para decir:
“todo estará bien”. No podía dejar de condolerme por cada gesto de dolor, mi
alma fácilmente se empañaba ante cualquier escena de angustia; quizás de una
manera más rápida de la que lo pudieran hacer mis ojos. En más de una
oportunidad tuve que enjuagar mi opaca mirada con el sentido pésame de los que
ya no estaban. Hoy día escasamente tengo tiempo (si es que me percato) para un
disculpe, necesito pasar. Estoy tan ocupado tratando de “prevenir la muerte” que
se me escapan con mucha frecuencia las personas que aun están vivas. Olvido
cada vez con mayor reiteración que quería ser médico para “salvar vidas” y no
para ignorarlas.
Probablemente el tiempo siguió transcurriendo y entre exigencias cada vez
mayores, fuimos automatizando el camino al salón de clases, a la sala de
conferencias, al ala de hospitalización, al consultorio, a la oficina…Pasar por
donde quiera que hubiese un paciente que no fuera el que nos correspondía
resultaba ser un sendero inhóspito para nosotros, en fin; no era por ese que nos
iban a evaluar. No es ese es el de mi servicio, el de mi rotación o el de mi
especialidad. Ese no es el de mi consulta, ¡ese no es mío!. Fuimos olvidando sin
percatarnos, que no existen médicos por conglomerados (estadísticamente
hablando), por lo menos mi título no lo refleja así!. Se es médico general en
principio, y la especialidad no es excluyente. ¿Si no se necesita una especialidad
para aliviar el dolor humano, porque debemos utilizarla para dejar de hacerlo?.
Cada vez creemos entender mas el proceso de la vida, eso que pretendemos
llamar salud; olvidando plenamente que lo mínimo que merece cada uno es vivirla.
Dejen por un segundo su mecanismo humano de defensa del “yo”, su
respuesta preconcebida de negar que sobre ustedes de alguna manera se reflejan
mis palabras y miren hacia atrás. Traten de vez en cuando de mirar al menos por
un instante hacia el pasado y solo así podrán encontrar eso que perdimos sin

darnos cuenta. Sin importar en que escalafón de la profesión se encuentren, miren
hacia atrás, con la mayor frecuencia posible y así notarán con asombro que ya no
son los mismos. Que no son quienes pretenden ser y mucho más grave aún que
han dejado de ser lo que algún día fueron o se han convertido en lo que nunca
quisieron ser.
Yéndonos a los extremos, noten con detenimiento como los estudiantes de
segundo año son diferentes a los de nuevo ingreso. Esto aplica también para los
residentes, si es su caso. Como novatos, la nobleza y la humildad es la norma (en
la mayoría de los casos); para el que no es así obvie mis palabras, ese ya es caso
perdido desde su esencia. Es casi imposible encontrar una réplica en el novato, el
sabe que está ahí porque tiene todo un camino por recorrer, porque en principio
quizás lo único que tiene claro es que “nada sabe”; ¡quizás!. Pero el del nivel
inmediato superior, tan solo con un grado de diferencia ya es capaz de defender
aún sin razón lo que considera es correcto; aunque esté equivocado. Para él su
mínima fracción de conocimiento ya puede ser suficiente para rechazar una
corrección pertinente, porque ya “tiene criterio”, un criterio que colisionará con el
de arriba y pisoteará al de abajo. Y aunque el criterio no es el centro de esta
discusión, si contribuye en parte; a desviar nuevamente nuestra razón de estar
aquí. Les recuerdo, decidimos ser médicos para “aliviar el sufrimiento” no para
contrastar criterios. ¡Por lo menos en perjuicio del paciente no!.
Pero sigamos comparando. Ubiquémonos en el lugar que nos corresponde
hoy día y confrontémonos con ese estudiante del primer nivel que fuimos en algún
momento. Analicemos por un minuto ¿Cuánto hemos cambiado?, ¿Cuánto hemos
perdido?; ¿Cuánto hemos olvidado en la medida que nos hicimos “profesionales”?.
Empezaré por mí mismo.
Recuerdo que en mis primeros años estaba seguro que nada sabía,
cualquier concepto nuevo era suficiente para sustituir el que tenía preestablecido,
leía y estudiaba con detenimiento cada cosa, podía pasar horas en un par de

líneas tratando de memorizar hasta el punto más sublime. Hoy, si escasamente
tengo tiempo de percatarme de algo nuevo; automáticamente lo traslado al baúl de
las cosas por confirmar. En muchas oportunidades pudiera impulsar discusiones
estériles hasta sentirme presuntuoso de haber hecho valer mi punto de vista, más
aún si con ello puedo callar las replicas de los que vienen un par de peldaños
atrás. He perdido, mi humildad. Me dejé robar mi esencia de novato en base a la
experiencia. Hoy ya pocas cosas son nuevas para mí. Solo “actualizo” mi
información. Dejé expropiar de mi vocabulario el “no sé” por el “no lo recuerdo en
este momento”. Tatuaron en mi inconsciente el argumento: “no saber, es un
pecado”. Sueño en mis momentos de claridad, que vuelvo a ser aquel novato que
nada sabía, para el cual todo tenía sentido. Aquel que disfrutaba las horas de
clase y no estaba pendiente del reloj para culminar con la jornada de “trabajo”.
Cuando era joven (profesionalmente hablando), aún vivía. Aún sentía el
dolor ajeno como el mío propio. Recuerdo en muchas oportunidades haber
cuestionado (internamente) la frase: “no exagere, no es para tanto”; “el anestésico
le va a doler mucho más”; “si no le gusta sufrir, para que inventa”; “vaya a otro
lado a ver si le va mejor”, “espere sentado, en algún momento le atenderemos”.
Recuerdo mis ojos empañados por la desgracia del prójimo, recuerdo haber
consolado el llanto, acariciado el dolor. Cada vez lo recuerdo con menos claridad
pero aún; esporádicamente, lo recuerdo. Aun retornan a mi mente vagos
recuerdos de lo que significaba “salvar una vida”. Aunque a veces logro recordar
que un “Dios le pague” es más gratificante que el mejor de los salarios, mis
múltiples obligaciones (la mayoría banales y superfluas) me obligan a prestar
mayor importancia al segundo. Aún recuerdo algunas líneas del desactualizado
juramento de Hipócrates. Quisiera volver atrás de vez en cuando y ser más
cónsono con el mismo. Quisiera poder vivir el arte de la medicina y no tener que
vivir de ella.

A veces miro y trato de imitar (noten lo cruel que resulta leer las siguientes
líneas), a mis estudiantes de los primeros años. Cuando los veo detenerse ante

cada madre que llora, para dar bebida o comida al que no la tiene, para agilizar un
trámite aunque no les corresponda. Cuando ríen, cuando lloran, cuando sienten,
cuando preguntan. Envidio a cada uno de ellos por aún no haber perdido el tiempo
y la disponibilidad para inquietarse por sus pacientes. Los envidio por no tener una
especialidad en la cual excusarse para dejar de hacer lo propio. Los envidio por
carecer de título, por poder equivocarse y decir libremente “NO SE!!!”; aquí estoy
para ayudar aunque no sepa que hacer. Los envidio porque no son como yo que
cada vez encuentra más excusas para olvidar lo que fui. Los envidio porque hoy
creo saber tantas cosas, que he olvidado las más esenciales; hasta el amor por la
profesión que un día me atrapó entre sus redes altruistas de “prevenir y curar” el
sufrimiento humano.

Creerán ustedes que estás líneas son la panacea de la auto terapia
retórica. Me creerán afortunado por haber encontrado la solución hipocrática al
mal que me acongoja, pero no es así. Tal como muchas de las enfermedades que
aún no entendemos, esta que hoy os describo es inevitable; es un mal idiopático,
multifactorial y resistente a cualquier terapia paliativa porque simplemente es la
crónica del envejecimiento profesional del médico. Porque cuanto más creemos
aprender estamos condenados a sobrellevar responsabilidades cada vez más
complejas. Es la más cruel de las enfermedades degenerativas que podamos
haber tratado. Restarnos paulatinamente la sensibilidad es nuestro mejor
mecanismo de defensa ante el dolor que vivimos cada día. Olvidando que en
nuestro ser debe existir al menos una pizca de humanidad, preferimos endurecer
nuestro corazón. Porque no tenemos otra opción que irnos formando una coraza
insensible que nos proteja del torbellino de situaciones dolorosas de nuestro
quehacer diario. Es inevitable que el médico aprenda a sobrevivir con ello, es
inevitable que asuma como cualquier otro letrado; que en algún momento deberá
prescindir de lo que profesa para poder seguir creciendo y no morirse en el
intento.

Aprovecho como les argumenté en un principio, mis momentos fugaces de
lucidez para que nuestra noble profesión no se vea pisoteada por nuestra propia
humanidad. El médico no es inmune a los vicios del “ser humano”, a sus
debilidades y flaquezas. El médico padece, sufre y es imperfecto. Debe
sobrellevar sobre sus hombros el dolor de sus congéneres olvidando que en sí
mismo es tan vulnerable como cualesquier otro. Muchas veces olvidamos que
enfermamos, comemos, reímos, necesitamos tiempo propio para nosotros mismos
y nuestras familias. Nos podemos dar el lujo de olvidar muchas cosas. Pero jamás
de olvidar para que estamos. Estamos para servir a la vida, a la mejor calidad de
vida de nuestros semejantes en sus peores momentos. Recuérdenlo siempre.
El Alzheimer médico, esa metafórica patología que hoy nos excusa para
invertir nuestra sapiencia y tiempo limitado en entender lo inentendible; nos obliga
a buscar en nuestra esencia de humanos eso que nos hemos dejado arrebatar por
la profesionalización. Recuerden que así como mal se pudiese aplicar la justicia
sin fuerza, sería muy difícil ejercer la medicina sin un poco de insensibilización.
Porque un solo ser humano, tan vulnerable como nosotros; nos arrastraría como
“Kamikazes” curativos en torno a su patología. Seriamos simples abejas que
sacrificaríamos nuestro afilado aguijón de aptitudes y destrezas en una sola
picada salvadora. Pero tampoco podemos permitirnos llegar al extremo de la
vileza, al extremo de la desnaturalización del acto médico en el cual muchos
sabemos excusarnos. El reto más grande que tiene el profesional de la medicina
es seguir creciendo sin dejar de ser lo que un día fue. El reto más grande que
tenemos es con nuestra humanidad profesional. Hoy más que nunca debemos
evitar que nos consuma el “Alzheimer Médico”, porque para ese queridos amigos
aún no hemos encontrado la cura.

Diego Grajales López (diegograjales81@gmail.com) – @digralo

Especialista en Emergencias

Presidente SVMED diegograjales81@gmail.com

Venezuela

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